'Quintos' del 68
Hoy Jaime es juez en Bilbao. Ha dejado de tocar el bajo con el que acompañó a Miguel Ángel en 'Póker'
De alguna manera, en aquella academia nació el germen de ‘Póker’. “Mi padre enseñó guitarra a medio Eibar”, recuerda Jaime. Entre aquellos alumnos estaba Manuel, amigo desde la infancia de Miguel Ángel. Con 17 años la invitación para tocar con el grupo incipiente que empezaba a tomar forma en una lonja repleta de trastos de albañil fue un regalo. “Fui ocasionalmente. Es allí donde yo conozco a Miguel Ángel. Era una lonja pequeña, en los bajos de su casa. Allí tenía montada la batería. La verdad es que era un sitio infernal para tocar, ¡todo era ruido!”, recuerda el hoy magistrado. Algún ensayo más y la relación se enfrió.
Quedaban seis años para que ETA dejara muda a la banda. Era tiempo de emular a sus ídolos y probar cosas distintas. En la radio no dejaba de sonar Entre dos tierras y aquello a Miguel Ángel le motivaba aún más. ¿Por qué no dejar de soñar en tocar como los 'Héroes del Silencio’ e intentar hacerlo realidad? Los posters y las camisetas que coleccionaba del grupo aragonés quizá algún día podrían llevar su nombre. “Algunos nos habíamos cansado ya de las bodas y las verbenas, queríamos hacer otras cosas. El grupo se dividió y unos siguieron con eso y nosotros apostamos por hacer otro repertorio, más pop-rock”. El núcleo de la escisión lo seguían integrando Miguel, Manuel y Jaime y más recientemente Fernando, el teclista. Hacía poco que el cantante, Carlos, había sido sustituido por Víctor Alonso, un nuevo vocalista que trajo aires renovados al grupo.
Las 48 horas en las que Miguel Ángel Blanco derrotó a ETA

El tiempo lo difumina todo, incluso la memoria. En el peor de los casos la borra para siempre. Ni siquiera los episodios más duros, los más traumáticos o los que llegan a poner en pie a una sociedad se libran de su erosión. No hace falta acumular muchos años para notar su desgaste, basta con 25. Este domingo se cumplen cinco lustros desde que Euskadi despertó, España le secundó y todo el país dijo basta a ETA y su entorno. El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco sólo fue la gota de un vaso que colmó de rabia, indignación y miedo acumulado. Quienes nacieron en el XX no lo olvidan. Recuerdan dónde estaban, qué sintieron, qué hicieron. Los más jóvenes, los nacidos en este milenio, en el mejor de los casos son capaces de dibujar un escueto relato de lo sucedido. Sólo de oídas. Poco más. La mayoría, ni eso. Miguel Angel Blanco y los tres días de julio de 1997 que cambiaron para siempre a la sociedad son una laguna generacional más.
Es difícil olvidar esos días que se insertan entre los más convulsos vividos en democracia. La mirada atrás a aquella cuenta atrás mortal de 48 horas en las que el país estuvo en vilo muestran cómo España, su sociedad, ha cambiado. También lo ha hecho de modo profundo su relación con lo que significó y fue ETA y su entorno. En estos 25 años transcurridos el mayor logro ha sido, sin duda, la derrota de la banda terrorista que certificó su desarme en 2018. Su rastro, en cambio, sigue vivo en forma de cientos de crímenes aún por resolver, condenas por explicitar por quienes un día le alentaron y aplaudieron y exigencias democráticas que han pasado de ser inexcusables a moldeables.
Fue precisamente la negativa del Gobierno a negociar con ETA y su mundo el que se mantuvo firme pese al ultimátum dado por la banda para liberar a Miguel Ángel a cambio del acercamiento de presos. Después llegó el aislamiento político de la izquierda abertzale, la ley de partidos, su ilegalización y la exigencia a un desmarque mínimo, al menos en sus estatutos, de la violencia para volver a abrir la puerta de las instituciones y las urnas a aquel mundo que guardó silencio ante el dolor del terrorismo.
