"Matrimonio Radiante - Mari Mar Blanco y su Día Especial"

De la euforia, a la rabia. Del éxito, a la venganza

El 1 de julio de aquel año 96 lo cambió todo. Esa noche ETA liberó a Cosme Declaux, el empresario vasco al que extorsionó para cobrar un rescate. Fue su victoria financiera. Casi a la misma hora estaba a punto de sufrir una humillante derrota policial. La Guardia Civil desbarató el mayor secuestro de su historia, el de José Antonio Ortega Lara. 532 días de cautiverio después el funcionario de prisiones volvía a ver la luz. Su vida no fue cajeada por el acercamiento de los presos de ETA a cárceles vascas que exigía la banda. El comando fue detenido y ETA vencida año y medio después.

La banda que ETA dejó muda

La banda que ETA dejó muda

Miguel Ángel Blanco (sujetando las baquetas) con su grupo

Miguel Ángel Blanco (sujetando las baquetas) con su grupo "Póker"

Aquel jueves habían vuelto a llamar. Preguntaban por otro bolo, otra boda más. Hacía semanas que pensaban dejarlo, pero era un dinero fácil que a todos venía bien. El verano recién estrenado era propicio a los sí, quiero y el trabajo crecía. Manuel llamó a casa. Contestó Consuelo y nada, su hijo Miguel ya no estaba. Tras una comida breve se había ido a trabajar. Estaría en la oficina, pensó, pero no. Tampoco allí le dieron respuesta. Eran pasadas las tres de la tarde y seguía sin saber si ese fin de semana podrían aceptar el encargo. La segunda llamada a la casa de los Blanco Garrido no tardó en despejarle las dudas. Ese fin de semana no habría boda, sólo un cruel velatorio en vida y un triste funeral, el del batería del grupo: Miguel Ángel Blanco.

Lo que quizá sólo intuían era que ese 10 de julio de 1997 ETA ya había decidido asesinar a su batería. Lo cumplió la tarde del sábado 12. Miguel se llevaría sus baquetas para siempre, con ellas le despidió Mari Mar, el amor de su vida. ‘Póker’, o lo que quedaba de él, nunca más se recuperó. Tras algunos bolos más y la grabación de un disco con el que intentar levantar el rumbo, ETA había logrado otro logro más: dejarles mudos. Sin letra ni música.

La muerte cruel de Miguel se había llevado el ritmo y el buen humor. La guitarra de Manuel Álvarez ya no sonaba igual. Tampoco el bajo de Jaime Segalés, ni la voz del cantante, Víctor Alonso, que acababa de irrumpir con un repertorio pop con el que confiaban en dejar atrás los clásicos de boda. Y al recién llegado a la banda, a Fernando Carrascal, aquel asesinato le impidió profundizar en la amistad que había empezado a fraguar con el hijo del albañil gallego que un día probó fortuna en el País Vasco.

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