"Matrimonio Radiante - Mari Mar Blanco y su Día Especial"

La banda que ETA dejó muda

Pero los terroristas no estaban dispuestos a darse por vencidos. Tampoco en su reclamación. Sólo diez después, la banda llevó a cabo su venganza con el secuestro del concejal del PP, Miguel Ángel Blanco Garrido. Esta vez, la reclamación era la misma que la planteada con Ortega Lara, el acercamiento de los presos de ETA a cárceles del País Vasco, pero con una diferencia: el ‘canje’ debería hacerse en el plazo de 48 horas.

El verano de 1997 la amenaza sobre los concejales constitucionalistas, del PP y el PSE, obligaba a poner escolta a muchos de ellos. En el caso de Miguel Ángel Blanco no se consideró necesario. Ermua, un municipio de apenas 17.000 habitantes, y Blanco, un joven de 29 años metido a político casi de modo casual, no parecían ocupar la primera línea de amenazados. Esa fue la oportunidad para ETA para actuar sin riesgo: aquel chico era un objetivo fácil y sin protección.

En pocos días dispuso de toda la información. Gran parte de ella se la había facilitado un viejo colaborador de la organización: Ibon Muñoa. Ex concejal de HB tenía una tienda de recambios de automóvil, ‘Recambios Muñoa’. Su negocio trabajaba con la consultoría de Eibar, ‘Eman Consulting, la misma en la que acababa de empezar a trabajar Miguel Ángel Blanco. Su salto a la política municipal era más una necesidad laboral que una vocación. Tras terminar sus estudios de Economía el trabajo tardó en llegar. Cuando lo hizo, la idea de abandonar aquella aventura en el ayuntamiento fue tomando fuerza.

Las 48 horas en las que Miguel Ángel Blanco derrotó a ETA

Las 48 horas en las que Miguel Ángel Blanco derrotó a ETA

El tiempo lo difumina todo, incluso la memoria. En el peor de los casos la borra para siempre. Ni siquiera los episodios más duros, los más traumáticos o los que llegan a poner en pie a una sociedad se libran de su erosión. No hace falta acumular muchos años para notar su desgaste, basta con 25. Este domingo se cumplen cinco lustros desde que Euskadi despertó, España le secundó y todo el país dijo basta a ETA y su entorno. El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco sólo fue la gota de un vaso que colmó de rabia, indignación y miedo acumulado. Quienes nacieron en el XX no lo olvidan. Recuerdan dónde estaban, qué sintieron, qué hicieron. Los más jóvenes, los nacidos en este milenio, en el mejor de los casos son capaces de dibujar un escueto relato de lo sucedido. Sólo de oídas. Poco más. La mayoría, ni eso. Miguel Angel Blanco y los tres días de julio de 1997 que cambiaron para siempre a la sociedad son una laguna generacional más.

Es difícil olvidar esos días que se insertan entre los más convulsos vividos en democracia. La mirada atrás a aquella cuenta atrás mortal de 48 horas en las que el país estuvo en vilo muestran cómo España, su sociedad, ha cambiado. También lo ha hecho de modo profundo su relación con lo que significó y fue ETA y su entorno. En estos 25 años transcurridos el mayor logro ha sido, sin duda, la derrota de la banda terrorista que certificó su desarme en 2018. Su rastro, en cambio, sigue vivo en forma de cientos de crímenes aún por resolver, condenas por explicitar por quienes un día le alentaron y aplaudieron y exigencias democráticas que han pasado de ser inexcusables a moldeables.

Fue precisamente la negativa del Gobierno a negociar con ETA y su mundo el que se mantuvo firme pese al ultimátum dado por la banda para liberar a Miguel Ángel a cambio del acercamiento de presos. Después llegó el aislamiento político de la izquierda abertzale, la ley de partidos, su ilegalización y la exigencia a un desmarque mínimo, al menos en sus estatutos, de la violencia para volver a abrir la puerta de las instituciones y las urnas a aquel mundo que guardó silencio ante el dolor del terrorismo.

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