El Destino de la Novia de Miguel Ángel Blanco - Entre Tragedia y Recuerdo

QUÉ PEDÍA ETA

La puntualidad habitual de Blanco provocó sospechas en los compañeros de trabajo del concejal cuando no lo vieron aparecer. Además, ese día Miguel Ángel tenía una cita con un cliente.

Media hora después de su secuestro, una llamada anónima grita esto a una de las secretarias del entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja: ″¡Hijos de puta, lo de Ortega Lara lo vais a pagar. ¡Gora Euskadi Askatuta!”.

Pocos minutos después, el diario Egin publica un comunicado de ETA anunciando el secuestro de Blanco y las exigencias de los terroristas a cambio de su liberación: acercar a los centenares de presos etarras a las cárceles vascas. En caso contrario, a las 16:00 horas del sábado 12 de julio acabarían con su vida.

Sobre las 18:00 horas, los responsables de este periódico llamaron a la Ertzaintza y al PP en Bilbao, comunicándoles el secuestro.

El Gobierno, entonces presidido por José María Aznar, se negó a aceptar lo que calificaron como un “chantaje” para obligarles a cambiar de política penitenciaria.

Otros tres exdirigentes etarras imputados

La Sala recuerda que Iparraguirre "fue informada de la fecha de la vista" y designó a un abogado francés para que le representase en la audiencia pública celebrada el pasado 6 de marzo, en la que se dio lectura a los motivos por los que se presentó la solicitud de prórroga y a los documentos presentados en sustento de esa petición.

Escuchados los argumentos de las partes, el tribunal, con el respaldo de la Fiscalía francesa, acordó autorizar esa ampliación de la entrega rechazando "la imprecisión de la información contenida en la orden europea de detención".

QUÉ SUPUSO SU ASESINATO

El dolor por la muerte de Miguel Ángel Blanco recorrió toda España. Aquel latigazo no sólo fue de pena, sino también de rabia, ira e indignación.

Desde el primer momento en que fue secuestrado, se sucedieron en todo el país manifestaciones exigiendo su liberación.

La movilización ciudadana fue histórica. Horas antes del asesinato, más de medio millón de personas se manifestaron en Bilbao para pedir a ETA que liberase a Miguel Ángel. Aquella manifestación la encabezó el entonces presidente, José María Aznar, acompañado del lehendakari José Antonio Ardanza, y demás líderes de partidos vascos. No se había visto nada igual hasta entonces en la capital vizcaína.

España decía basta ya al terrorismo. Al día siguiente de aquellas masivas movilizaciones se sumaron 500.000 en Sevilla y 300.000 en Zaragoza.

La ciudadanía respondía así al hartazgo a la violencia terrorista, que veía cómo apenas nueve días después de la liberación del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, secuestrado por ETA durante 532 días, se producía la agónica cuenta atrás de la vida de Miguel Ángel Blanco.

Fue lo que más tarde se conoció como el espíritu de Ermua, una reacción social sin precedentes contra ETA.

Aquel fue el tercer secuestro acabado en asesinato por parte de ETA, el 77 de toda su historia. Y también fue el último.

ETA siguió matando. Con bombas, con más tiros en la nuca. Miguel Ángel Blanco fue la víctima número 778 de las 854 de la banda. Todavía quedaba mucha sangre por derramar. Pero aquel asesinato a sangre fría fue un claro antes y después en la sociedad española y en la sociedad vasca, que se prometió que aquellas terribles 48 horas no caerían en el olvido.

Que fue de la novia de miguel angel blanco

Author

  1. María Jiménez Ramos Profesora de la Facultad de Comunicación, Universidad de Navarra

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Cuando la organización terrorista ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco Garrido, acumulaba en su haber de asesinados a cerca de 800 personas. Sin embargo, la movilización sin precedentes para pedir la liberación y condenar el asesinato del joven concejal de Ermua y, sobre todo, el hecho de que todos aquellos que tenían conciencia recuerden dónde estaban o qué hacían cuando recibieron la noticia de su secuestro o de su muerte dejan entrever que Miguel Ángel Blanco no fue una víctima más del terrorismo.

Veinticinco años después de aquellos días de julio, reparar en los motivos que explican por qué una víctima concreta ascendió a categoría de símbolo ayuda a comprender un episodio memorable de nuestra historia reciente.

Una vez más, ETA respondió a una crisis interna redoblando la crueldad. En la década de ochenta, pasados los años de plomo en los que la organización terrorista acumuló un mayor número de víctimas, quienes dictaban sus designios se convencieron de que los asesinatos selectivos no eran eficaces.

Las víctimas, en su mayoría, eran miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y de las Fuerzas Armadas o aquellos considerados “enemigos del pueblo vasco” y acusados de narcotráfico o de chivatos. Estos perfiles, unidos al avance del discurso nacionalista radical que dibujaba una frontera palpable entre los nuestros y los otros, empujaban a la sociedad, particularmente la vasca, a considerar a las víctimas como ajenas.

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