–¿Te duele?
–A veces. Cada prótesis encaja en lo que me quedó de cada pierna y los muñones sudan, se irritan, se maltratan.
–De la izquierda solo ocho centímetros. De la derecha tengo la rodilla y siete centímetros más. Yo antes llamaba a la rodilla derecha “la rodilla mala”, porque cuando tenía 17 años me la fracturé jugando fútbol. Mira… –Lleva short y se da una palmada justo donde calza la prótesis con la rodilla derecha.
–¿Te incomoda que te miren?
–Ah no, para nada. Es normal. Yo haría lo mismo. No todos los días uno se encuentra con una persona amputada de las dos piernas.
Pero a Juan Pablo no solo lo miran por eso. Además tiene el aire de un David: del David de Miguel Ángel. No contento con ser alto, lleva rostro, porte y figura. Tras el accidente ganó peso y, luego de obtener las prótesis, decidió ponerse en forma. Dos pisos más arriba de la cafetería está el gimnasio donde entrena. Lo asiste un instructor que lo ha ayudado a labrarse un cuerpo griego –“un medio cuerpo”, repone él– que incluso le ha permitido participar en un certamen de belleza, en una competencia de fisicoculturismo y ser contratado como talento publicitario. Pero su meta no es ser ni míster ni modelo.

